¿Merecimos
la crisis?
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* Por: Roberto Sansón Mizrahi
Editor de la revista Opinión Sur /
Argentina
Para, Agencia Regiónpress
Explota
la crisis y nos protegemos del temporal mientras el proceso
busca su curso porque una crisis no detiene sino que transforma
la dinámica socioeconómica. Es tan grande
el temor y el desconcierto que sólo los audaces o
los mejor posicionados comprenden que éste es el
momento de aplicar energía para encauzar en un sentido
u otro el devenir de las cosas. ¿Qué pasó
y porqué pasó? ¿Se pudo evitar la crisis?
¿La ceguera la precipitó? ¿Qué
viene ahora? ¿Cómo reaccionamos? Toca preguntarnos
si queremos cambiar; enseguida vendrá si sabremos
cambiar.
 
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Explota
la crisis y salimos disparados a protegernos del temporal.
Mientras eso hacemos el proceso busca su curso porque una
crisis no detiene sino que transforma la dinámica
socioeconómica. En ese fluir de los acontecimientos
poderosos intereses pugnan para lograr que lo que emerja
desemboque lo más posible en su favor. Es tan grande
el temor y el desconcierto que sólo los audaces o
los mejor posicionados comprenden que éste es el
momento de aplicar energía para encauzar en un sentido
u otro el devenir de las cosas.
Qué
pasó y porqué pasó
El
diagnóstico de porqué estalló la crisis
parte señalando que el sistema financiero tuvo un
pésimo comportamiento y facilitó que sectores
sin capacidad de pago se endeudasen. Lo que no se explicita
lo suficiente es la razón de ese comportamiento y
el consecuente sobre-endeudamiento.
En
mi criterio uno de los más importantes factores que
hicieron posible la crisis fue el desfasaje que se había
producido entre la tasa de crecimiento de la oferta productiva
y la tasa de crecimiento de quienes absorben esa producción
(la demanda efectiva). Esto fue el resultado de un crecimiento
concentrador que generó creciente desigualdad en
casi todas las economías del mundo. Vale notar que
esa desigualdad no se dio tan sólo en las economías
emergentes (traducida en mayor pobreza e indigencia) sino
también en las economías centrales con niveles
de vida muy superiores, que fue por donde comenzó
la presente crisis global.
Ocurre
que se afectó el crecimiento “orgánico”
del sistema económico (un crecimiento relativamente
balanceado de sus principales variables). Con honrosas excepciones
los analistas del Norte que operan desde la perspectiva
de la abundancia y la reproducción del crecimiento,
así como los del Sur que operamos desde la perspectiva
de la escasez y la promoción del desarrollo, no habíamos
considerado en toda su importancia el crítico rol
que juega la desigualdad al afectar los basamentos de un
crecimiento orgánico de la economía.
La
desigualdad implica varias cosas. Por un lado, que existe
un cierto retraso o rezago en los ingresos de los sectores
medios y bajos (trabajadores, pequeños productores,
jubilados, desocupados, población de áreas
marginales en grandes ciudades, poblados y áreas
rurales) respecto al crecimiento de la producción
y la economía a nivel agregado. Ese rezago se traduce
en los países del Sur en una extendida pobreza pero,
en los países del Norte, el retraso relativo puede
darse aún con una mejora en términos absolutos
del nivel general de vida. El hecho es que se produce una
brecha, un desacople entre la masa de bienes y servicios
que un vibrante aparato productivo está en capacidad
de producir y lo que la demanda es capaz de absorber. Estamos
hablando de brechas a nivel agregado porque brechas sectoriales
o territoriales de hecho se producen constantemente en la
economía y logran ser absorbidas, “resueltas”,
por el comercio, las migraciones, la dinámica económica
general a través de innovaciones y permanentes reestructuraciones.
Esas brechas generan tensiones que cuando adquieren dimensión
sistémica ya no logran ser resueltas por la pura
dinámica económica y requieren de la intervención
de reguladores y timoneles políticos. Si ellos no
reaccionan tomando a tiempo decisiones que van más
allá de lo puramente funcional económico,
se traba el funcionamiento de la maquinaria económica
y estallan las crisis.
La
desigualdad implica también una creciente concentración
del ahorro, aquella parte del ingreso que no se consume
y puede destinarse a financiar la inversión que es
uno de los pilares del crecimiento económico. Según
como se canalice, se “asigne” el ahorro, se
estará generando un tipo u otro de inversión:
una inversión más productiva o más
financiera-especulativa; una inversión concentrada
en grandes actores económicos o una inversión
desconcentrada que ayude a la formación de capital
en pequeños y medianos productores; una inversión
que atenta contra el medio ambiente o una inversión
que lo resguarde y proteja.
La
concentración del ahorro se da al mismo tiempo que
se angostan las oportunidades de inversión en la
economía real debido al rezago de la demanda frente
a la producción. Este desfasaje se agrava mucho más
por la naturaleza superflua del consumo de quienes concentran
los ingresos que se irradia a través de la publicidad
al resto de la sociedad.
De
este modo el ahorro concentrado y la reducción de
oportunidades de inversión en la economía
real se conjugan para desviar los ahorros hacia productos
financieros cada vez más especulativos y, por tanto,
con mayores retornos y riesgos, riesgos que buscan ser disimulados
a través de diversos esquemas de derivación.
La lógica de reciclar los ahorros concentrados atrayéndolos
con jugosos resultados y escamoteando el riesgo inherente
a ese tipo de esquemas financieros llevó a desdibujar
los límites éticos y dar paso a audaces aventuras
cuasi-delictivas o plenamente delictivas.
La
crisis es evitable
Está
claro que es posible evitar que el funcionamiento económico
desemboque en una crisis. Esto va más allá
de regular con propiedad los mercados financieros, lo cual
por cierto es necesario realizar. Ocurre que cuando hay
fuerzas económicas desatadas que golpean los límites
de sustentabilidad del sistema económico, no basta
con fortalecer defensas sino que también se impone
desactivar esas fuerzas que son sociales y no naturales.
Se requiere trabajar un crecimiento orgánico que
evite los efectos traumáticos de la desigualdad generada
por procesos concentradores. Entre otros factores, habrá
que procurar que el crecimiento de los ingresos genuinos
de los consumidores acompañe el crecimiento de la
oferta de bienes y servicios. Ello contribuirá a
un mejor crecimiento de la economía que, sin embargo,
nunca estará exento de desajustes y turbulencias
ocasionales propios de sistemas complejos donde interactúan
millones de actores. Esas tensiones pueden ser “absorbidas”
dentro del normal funcionar del sistema económico;
es decir, sin sobrepasar los límites funcionales
de sustentabilidad y evitando con destreza caer en periódicas
crisis.
Muchas
veces, quizás las más de las veces, los mercados
no logran por sí mismos asegurar un crecimiento orgánico
sostenido ya que diversas variables tienden a dispararse
por fuera de las proporciones requeridas para un crecimiento
relativamente balanceado. Es ahí donde se impone
regular ese funcionamiento sistémico para asegurar
su efectividad y enrumbarlo en la dirección de beneficiar
al conjunto de la sociedad. Pueden usarse para ello una
infinidad de políticas, mecanismos e instrumentos.
Esta batería de medidas incluye eliminar la regresividad
de los sistemas tributarios y abatir la evasión,
aplicar una más justa y efectiva asignación
del gasto público, una política monetaria
que asegure estabilidad de precios, regule la intermediación
financiera y facilite el acceso al crédito, canalizar
el ahorro nacional de modo que también posibilite
la formación de capital a nivel de la base del aparato
productivo, implementar acciones directas de apoyo a los
pequeños productores en materia de conocimientos,
contactos, acceso a mercados y moderna ingeniería
de negocios, promover un trabajo integrador de las empresas
líderes de cadenas productivas con proveedores, distribuidores
y clientes ejerciendo a plenitud su responsabilidad mesoeconómica.
La
ceguera que precipita la crisis
Sin
embargo, por un largo tiempo no se quiso, no se pudo o simplemente
se ignoró enfrentar los desafíos que presenta
establecer un crecimiento orgánico. En particular
no se mejoró sino se empeoró la distribución
del ingreso y para encarar las crecientes brechas se acudió
a extender el crédito en lugar de generar más
ingresos genuinos en los sectores medios y bajos (la base
de la pirámide social).
Ese
enfoque posibilitó que siguiera creciendo la desigualdad,
concentrándose el ingreso, el ahorro y la inversión.
La miopía se hizo cómplice de la avaricia
y de la mezquindad. Unos pocos alertaron sobre las tensiones
que se iban acumulando bajo la superficie pero como el “crecimiento”
era vigoroso y parecía sostenido pocos estuvieron
dispuestos a creer que ese rumbo y esa forma de funcionar
terminarían siendo insostenibles.
Mientras
tanto la insatisfacción se sorteaba, se posponía,
acudiendo al endeudamiento de los sectores medios y, en
menor medida, de los sectores de bajos ingresos. En ese
momento no preocupó el sobre-endeudamiento. ¿Porqué
habría de preocupar si gracias a él la maquinaria
económica atravesaba un período de alta bonanza?
Por otra parte allí estaban la política para
administrar los ocasionales estallidos y los grandes medios
de comunicación para homogeinizar el pensamiento
y asfixiar el disenso.
Se
fueron así armando las temibles enormes burbujas
financieras, alejadas cada vez más de la economía
del ciudadano de a pie. El sistema financiero se centró
en sí mismo; los “productos” financieros
movían ingentes sumas que se transferían masivamente
y en tiempo real con sólo disponer de facilidades
de comunicación; los retornos ofrecidos superaban
cualquier opción de inversión en la economía
real. Estaban convergiendo las condiciones para una gran
crisis sistémica.
La
explosión y lo que viene
Oh
sorpresa, un buen día la onda expansiva de esa alocada
asignación especulativa del ahorro, comenzó
a hacer estallar las enormes burbujas financieras dejando
en evidencia primero el sobre-endeudamiento en materia de
préstamos hipotecarios y de tarjetas de crédito
y, desde allí, impactando como efecto dominó
sobre el resto de los mercados. Las burbujas se desinflaron
tan velozmente como lo hacen los globos de nuestros hijos
o nietos.
Ese
sobre-endeudamiento hubiese causado menos daño o
quizás un impacto positivo si hubiera conducido a
un consumo más significativo, alejado de la superficialidad
de necesidades no básicas alentadas y sostenidas
por una efctivísima publicidad comercial. Otra dinámica
económica se hubiese podido desatar -bien alejada
de la especulación financiera y con una mucho más
racional asignación de los recursos disponibles-
de haber cambiado el perfil de nuestro consumo orientándolo
hacia uno de energía limpia, de alimentos sanos,
de medicina preventiva, de bienes que no alienten mayor
alienación existencial y el deslizamiento hacia adicciones;
un consumo portador de valores y no de la ostentación
que exacerba la diferenciación social. En otras palabras,
distinto hubiera sido el desenlace de haber reemplazado
consumismo por un consumo responsable.
La
desigualdad no es sólo de ingresos sino que también
se expresa en una brecha de conocimiento, información,
contactos, acceso a mercados y a capitales, lo cual atenta
contra el desarrollo personal y la formación de capital
en sectores de pequeños y micro productores que conforman
inmensas mayorías en casi todos nuestros países.
Esto no necesita ser así como se afirmaba en el pasado
cuando se señalaba que las economías de escala
eran un pie forzado imposible de remontar. Es que hoy contamos
con moderna ingeniería de negocios que es capaz de
estructurar pequeña producción dispersa en
organizaciones de porte medio capaces de acceder a umbrales
superiores de oportunidades. Es el caso de los sistemas
de franquicias, los consorcios de exportación, las
centrales de servicios, las modernas tramas productivas
lideradas por empresas bien organizadas que hacen crecer
a toda la cadena de valor. Sin embargo poco de ello llega
a la base de la pirámide que en lugar de excelencia
recibe lo residual o de descarte.
Cómo
reaccionamos y sus probables consecuencias
Frente
a la crisis surgen muy diversas medidas para mitigar sus
efectos y procurar que las aguas regresen a sus cauces;
lo cual es un craso error: las aguas no debieran regresar
a “esos” cauces porque volveríamos a
reconstruir el escenario y la dinámica que condujo
a la crisis. No nos confundamos, el rey estaba desnudo por
más que no nos hubiésemos atrevido a señalarlo.
Las
principales medidas que se plantean buscan apuntalar al
sistema financiero porque efectivamente hace parte del sistema
nervioso de cualquier economía. Ingentes sumas se
destinan al “salvataje” de bancos, compañías
aseguradoras, agencias hipotecarias. Son tantos los billones
que el ciudadano común no puede siquiera retener
las cifras, menos aún desentrañar lo que implica
esa monumental reorientación de recursos en términos
de costos de oportunidad.
Junto
a ello surgen planes para promover el consumo ya que el
aparato productivo ve con justo terror que la enorme retracción
de la demanda amenaza su subsistencia. Se seca el mercado
y con ello el destino de su producción aunque, debe
quedar claro, no todos se verán afectados de la misma
manera. Quienes produzcan acero, cemento, aluminio, petroleo,
equipos, maquinarias, etc, dependerán de los nuevos
programas de obras públicas que pasarán a
ser los principales generadores de inversión productiva
y social; aquellos que producen bienes esenciales (alimentos,
medicinas, comunicaciones, etc) que aún en una crisis
son imprescindibles, tendrán mejores perspectivas
que los que se dedican a producir bienes superfluos de consumo
masivo (en una crisis se reduce el margen para el consumo
irresponsable ya que las urgencias reubican las prioridades
familiares); con una excepción, la producción
de bienes superfluos para los sectores de altos ingresos
sobrevivirá porque el 10% más rico del planeta
mantendrá con pocos recortes sus niveles de vida.
Pero,
¿cómo se promueve el consumo de quienes ven
caer sus remuneraciones y crecer la desocupación?
La primera reacción es asignar recursos públicos
para retirar “activos tóxicos” y establecer
nuevas líneas de financiamiento flexibilizando condiciones
de acceso a esos créditos. No se trata de generar
ingresos genuinos, eso se hará “después
de capear el temporal”. Se considera que el principal
desafío del momento es “reactivar”; hacer
que la maquinaria vuelva a funcionar; que la oferta, esta
oferta que genera el aparato productivo existente, encuentre
una demanda capaz de absorber su producción y pueda
entonces regenar empleos, abatir la rampante desocupación,
calmar las aguas, recuperar la “confianza” de
todos nosotros en el sistema económico.
Pero,
¿no estamos de esta forma recomponiendo aquella maquinaria,
aquella lógica de funcionamiento, aquella racionalidad
sistémica que nos condujo a la crisis? ¿No
produciremos otra ronda de sobre-endeudamiento, de consumismo,
de concentración de ingresos, ahorros y poder, de
alocada búsqueda de beneficios, de una institucionalidad
comprometida por los privilegios, las arbitrariedades, los
sistemas delictivos agravados?
¿Merecimos
la crisis?
La
respuesta es un rotundo “sí”. Pero no
hablamos de merecer la crisis como un castigo sino como
una consecuencia de cómo nos habíamos organizado
como sociedad, cómo funcionábamos. Privilegiando
ciertos aspectos e ignorando otros establecimos un cierto
orden económico; consagramos prioridades y olvidos.
Es
difícil conducir una economía que premie la
mezquindad y la avaricia como base de la acumulación.
La acumulación es imprescindible para el funcionamiento
económico pero no necesita ser agresivamente concentradora;
puede haber acumulación distribuída en todos
los estamentos de la estructura socioeconómica: grandes,
medianas y pequeñas empresas. Si la formación
de capital creciese más que proporcionalmente en
las grandes unidades no cabe duda que estaríamos
consagrando un inevitable proceso concentrador ya que la
propia dinámica económica tomaría –como
toma- ese rumbo.
El
desafío es pensar nuevas formas de estructurarnos
y de funcionar porque de eso se trata cuando hablamos de
salir fortalecidos de una crisis. Si pagamos tamaño
precio por errores cometidos busquemos abrir nuevas oportunidades.
Necesitamos establecer otro set de premios y castigos; uno
que promueva a los que agregan valor al esfuerzo social
y no a los que especulan y lucran con los demás;
alentar a quienes organicen de manera diferente la producción,
reconocer lo que cada uno aporta al funcionamiento social:
el Estado ordenador y regulador, emprendedores responsables,
trabajadores y sociedad civil, incluyendo a educadores,
científicos, innovadores tecnológicos; formadores
de valores como son los líderes sociales, religiosos
y políticos, medios de comunicación, agencias
de publicidad y, en cada hogar, los padres o algún
“otro significativo”.
Una
visión optimista aunque no ingenua de la condición
humana indicaría que sabremos erguirnos por sobre
nuestros errores, reflexionar y crecer en experiencia, cuidarnos
unos a otros, ejercer albedrío reconociendo límites.
Esas son potencialidades que hablan del hacer y también
del ser pero no garantizan de por sí rumbo alguno.
Nos toca a cada uno preguntarnos si queremos realmente cambiar;
enseguida vendrá si sabremos cambiar.
Este
año se celebra la astronomía y nos fascinamos
con las maravillas del universo, su complejidad y los tantísimos
enigmas. Frente a aquella enormidad no deja de asombrar
que cuestiones “terrenales” sean también
altamente complejas y que dentro nuestro y de nuestras sociedades
aniden enigmas que sentimos casi tan insondables como aquellas
lejanas galaxias y el big ban. Es que cargamos una mezcla
cambiante y tormentosa de necesidades, intereses, valores
y emociones. Con ella y nuestra capacidad de pensar y de
actuar podemos dar paso a algo mejor para el futuro que
hoy comienza. Merecimos la crisis pero lo que ahora importa
es si sabremos transformarla en una oportunidad.
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* Roberto Sansón Mizrahi
Es, economista, planificador urbano regional, co-editor
de Opinión Sur, autor de artículos, columnas
periodísticas y libros, el último de los cuales
se titula 'Un País para Todos' de la Colección
Opinión Sur. Es fundador de Sur Norte Inversión
y Desarrollo, South North Development Initiative y Grupo
Esquel. Consultor en países de América Latina
y de Africa en temas de desarrollo sustentable, asistencia
a pequeñas y micro empresas, movilización
productiva de la base de la pirámide social, desarrollo
local, estrategias para abatir desigualdad y pobreza. ©
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